Montaña sin vistas o cómo abordar un problema

A finales del verano pasado hice un viaje a una zona de alta montaña. Mi intención era caminar y respirar, perderme en los bosques, escalar las cumbres y… contemplar el paisaje desde lo más alto.

Pues aquí me tenéis, en el mirador de un pico de 1800 metros, desde el que, al parecer, se disfrutaba de una maravillosa vista. Y no, no he borrado las cumbres vecinas, ni el valle a mis pies con photoshop. Es que estoy rodeada de densas nubes. Y no veo nada. Chistoso ¿verdad?

Me lo tomé bien, como podéis ver por la sonrisa de la foto. Y volví a bajar, envuelta en la humedad grisácea que me rodeaba, reflexionando en el mensaje simbólico de una montaña sin vistas.

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LAS MONTAÑAS SON LOS OBSTÁCULOS DE LA VIDA

En la vida solemos encontrar muchas montañas. Son los obstáculos que van apareciendo en nuestro camino y que nos impiden seguir a nuestro antojo. Cuando esto sucede, por supuesto, salta la alarma y la mente grita: «¡Esto no se puede consentir!».

Así que nos decidimos a escalar la montaña, con uñas y dientes, si es necesario, con tal de volver a nuestra vida de antes.

Lo curioso es que cuanto más nos obsesionamos con llegar a la cima y librarnos del problema, más nos enredamos y menos claro tenemos lo que hay que hacer.

La montaña, abordada desde la soberbia del ego, se cierra. Impasible, asiste a nuestras idas y venidas, a nuestras maldiciones y juramentos. La montaña espera pacientemente a que, exhaustos, depongamos nuestra actitud.

CÓMO ABORDAR UN PROBLEMA

¿Cómo abordar un problema así? Hay otra opción, tan simple que ni siquiera la tenemos en cuenta. Y eso que nos ahorramos mucho esfuerzo y sufrimiento. 

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La solución es… detenernos al pie de la montaña.

Cuando una montaña aparece en el camino del autoconocimiento, es el momento de detenerse y reflexionar.

La montaña nos regala un tiempo de quietud y de silencio en el que todo movimiento hacia fuera está restringido con el fin de impulsar un movimiento hacia dentro de nosotros mismos.

TIEMPO DE PREGUNTAS

Es el momento de hacernos preguntas como estas:

  • ¿Estoy viviendo de forma consciente y responsable?
  • ¿Estoy haciendo lo que deseo hacer?
  • ¿Qué parte de mi vida he descuidado?
  • ¿Hay alguna cosa que podría mejorar o cambiar?

Preguntas que nos van facilitando el camino, que nos ayudan a escalar la montaña… a entender por qué esa situación ha llegado a nuestra vida y qué caminos debemos emprender en adelante.

Entonces, puede que encontremos una ruta más fácil para subir la montaña.

Y, al llegar a la cima, la montaña, por fin, nos ofrecerá sus vistas.

Os abrazo, María

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Comunicadora, escritora, investigadora en el camino del autoconocimiento, el bienestar y el crecimiento personal. Inspirada por el viaje del ser humano hacia una mayor vibración energética y un mayor grado de conciencia. Mi cometido, más allá de métodos o terapias, es facilitar espacios para que la conciencia despierte.

6 respuestas a «Montaña sin vistas o cómo abordar un problema»

  1. Que bueno María, chistoso de verdad y profundo también, la niebla tiene algo que envuelve y un silencio muy especial. lo bueno es que las vistas están ahí. Conociéndote, seguro que fue ¡¡fantástico!!
    Abrazo,
    Ani

    1. Cuando vivimos conscientemente los paralelismos entre lo externo y lo interno no dejan de sorprendernos. La Naturaleza amiga es a veces como un libro abierto para leer en nuestro interior. ¡Un beso!

  2. En algún momento cedió la niebla y apareció el sol?. Pudiste entonces ver lo que te había ocultado?. No hay que ceder a la angustia de la obstrucción de lo que nos rodea, hay que esperar pacientemente a que se haga la luz. En algún momento llegará, seguro que llegará y nos hará ver con toda claridad.

    1. Lo más difícil es aceptar la situación y reflexionar en las causas por las que llega a nuestra vida. Nuestro impulso primario es enfrentarnos a todo lo que se interponga en nuestro camino… Lo cierto es que la montaña es un sagrado camino al encuentro de nosotros mismos. Por eso hay montañas sagradas en tantas culturas. ¡Un abrazo, Belén!

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