Ojos que no ven…

Una buena amiga me decía hace poco que ya no se pelea con su hijo para que ordene su habitación. Después de unos cuantos años de broncas y malos rollos, ha decidido tirar la toalla y, ahora, cada vez que pasa por delante del cuarto del adolescente, se limita a cerrar la puerta. Me lo comentaba como si fuera un gran logro: “Así, al menos, estoy tranquila.” Y yo, que estoy muy refranera últimamente, me acordé del dicho: ojos que no ven, corazón que no siente.

ojos que no ven

Y me di cuenta de las veces que cerramos los ojos y el corazón ante las experiencias que somos incapaces de gestionar, por miedo, por dolor, por orgullo o por ignorancia… Cerramos la puerta, como hace mi amiga, sin siquiera dar un portazo, intentando sentir lo menos posible.

De forma instintiva, el ser humano rehuye el dolor y busca el placer. No es fácil enfrentarse a las pruebas de la vida con total integridad, aunque eso signifique dar la espalda a esa voz interna que nos dice que, quizás, algo no va bien.

Aparentemente, “nuestra casa” está limpia para “las visitas”. Pero siempre hay un desván, un sótano, un oscuro rincón que continua patas arriba, esperando a que nos remanguemos y le demos un buen repaso. Y te aseguro que, hacerlo, es solo cuestión de tiempo.

La fuerza de vida, esa impulsora del viaje de descubrimiento de nuestro ser más profundo y cuyo propósito es que todo nuestro potencial se manifieste, se encargará de que, más tarde o más temprano, nos enfrentemos a esas tareas que hemos dejado pendientes y que están bloqueando nuestro crecimiento.

Cuando estemos maduros para aceptarlas y mirarlas a los ojos, con la mente serena y la voluntad decidida, podremos encontrar las soluciones que necesitamos.

Os abrazo, María

(Si os apetece compartir alguno de los esqueletos del armario, adelante, espero vuestros comentarios)

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Comunicadora, escritora, imparto cursos y talleres sobre el autoconocimiento, el bienestar y el crecimiento personal. Inspirada por el viaje del ser humano hacia una mayor vibración energética y un mayor grado de conciencia. Mi cometido, más allá de métodos o terapias, es facilitar espacios para que la conciencia despierte.

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4 opiniones en “Ojos que no ven…”

  1. Hola María, yo tuve un esqueleto mucho tiempo guardado, un problema con una persona del trabajo, al final esa persona se fue y no he vuelto a verla, asi que el esqueleto parece que sigue ahi despues de todo y eso que han pasado ya 10 años

    1. Hola Jose, si “el esqueleto” sigue ahí, aunque no puedas hablar con esa persona, tú puedes sanar tu percepción, sentimiento y pensamiento acerca de esa relación. Lo más difícil es aceptarlo, pues siempre está el ego ahí, lamentándose: “¿Por qué a mí? Yo no me lo merezco…” Después preguntarnos qué podemos aprender acerca de lo que pasó: en qué grado nosotros estamos implicados; qué patrones repetitivos asoman en esa relación; qué carencia (probablemente de nuestra infancia) se pone de manifiesto… Toda esta introspección ayuda a facilitar la información (consciente y subconsciente) que es necesaria para trascender este bloqueo. Esto es lo que hacemos en Consulta Terapéutica. ¡Un abrazo!

  2. Quièn no se ha visto alguna o muchas veces, obligado a cerrar una puerta para poder seguir teniendo una relación, bien familiar, bien amistosa o de trabajo?. Es hipocresía?. Algunas veces se hace por amor, otras por conservar una paz o una relación que de romperse nos dolería para siempre.

    1. Es totalmente cierto, todos lo hemos hecho no una vez, sino muchas, pero esas puertas que cerramos van a acabar abriéndose, queramos o no. Incluso, cuanto más empeño tengamos en silenciarlas, en más alta voz se van a manifestar después. No podemos engañarnos a nosotros mismos. ¡Un abrazo!

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